Barranco, el lugar donde recordar es jugar


CRÓNICA

Son las 10 a.m. y a pesar de que el sol ha salido fuerte. No es una buena hora para despertar un domingo. Pero, el plan del día suena peculiar, suena emocionante, suena… diferente. Eso viene de una persona cuyo mayor viaje a trazos largos, tras una fiesta como la de anoche, llega a su cocina. Claro que hoy hay más de una razón para salir de cama, aunque eso aún no lo sé…

Suena mi teléfono y al contestarlo siento la vibración de miles de notificaciones llegando. Tras el auricular se oye al fotógrafo pidiendo que le abra la puerta del departamento en el que vivo. Me levanto, me ducho y ya estamos en camino a Barranco. Hoy hay un curso especial en La Feria y me han prometido que la experiencia de vivirlo será única e inigualable.

No iremos en auto, el sol está arriba de nosotros y el google maps nos indica que la forma más rápida de llegar a Barranco, es tomando el metro. Llegamos a la estación y yo, como es usual, me sigo sorprendiendo con cada cambio que notó en este servicio. Tras oír tanto últimamente que hay todo tipo de depravados en las líneas de transporte, me pregunto si encontraremos a uno hoy.

Tras una extraña decepción por no haber tenido ni 5 minutos para dormir en el bus metropolitano, nos bajamos a continuar nuestro camino. Rodeamos la manzana que está frente al Paradero Bulevar y llegamos a la Feria de Barranco. La entrada es poco atractiva visto a una distancia prudente, pero tras espiar en sus adentros resulta ser un espacio muy acogedor.

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Damos vueltas por los stands y entre ellos vemos artículos que saltan a la zona de lo interesante: Pines estampados, mandalas budistas enmarcadas, makis que compiten con el sabor de los picarones que se encuentran a un par de puestos de distancia y mucho más.

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Hemos llegado hace media hora y nuestro reloj nos avisa que es medio día. Aún faltan un par de horas para el curso prometido. Así que aprovechamos y almorzamos dentro de la feria. El plato escogido: Arroz chaufa con cecina y chorizo de la selva, toda una delicia culinaria.

Mientras terminamos de comer, oímos que un grupo de niños empieza a reír. Nos sorprendimos pues hasta hace un segundo el único sonido que inundaba la feria era la música del DJ (muy mala por cierto). Dejamos los platos y mientras el fotógrafo pagaba la comida yo salgo a ver de donde provienen esas risas. Al llegar al fondo de la feria encuentro lo prometido: El taller de lúdica y juego.

No suena tan divertido, lo sé. Nadie necesita aprender a divertirse, lo sé. No es necesario un taller para jugar, lo sé. Pero, el objetivo de este curso no es aprender a hacerlo, sino, simplemente recordar lo increíble de hacerlo. El fotógrafo empieza a realizar su labor y yo no dejo de ver como ese montón de niños modernos juega tal y como yo solía hacerlo hace al menos una década. Juegan al ‘‘mundo’’ o ‘‘avioncito’’, juegan a saltar la cuerda e incluso hay niños jugando Kiwi, mi juego favorito de infancia.

Las horas pasan volando y los niños deben de retirarse. Me despido de los artistas del juego y salgo con una gran sonrisa en el rostro. Hoy no aprendí a jugar, pero si recordé la importancia de hacerlo.

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