Hombres de Hoy, monumentos inmemoriables


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Vista del majestuoso Acllahuasi. (Foto: Henry Alfaro)

 

GHHHH

Acostumbramos a decir que conocemos las cosas porque las vemos en fotografías. La vida real tiene un matiz distinto…

 Eso fue lo que aprendí cuando estuve en el santuario de Pachacámac. Desde pequeño, miraba la majestuosidad de esta construcción en muchos libros, pero nunca había tenido la oportunidad de tenerlo frente a mis ojos.

 

El viaje

Salimos de la Universidad como a las 8 y 30. En total formábamos un grupo como de 20 estudiantes, todos desordenados buscando cruzar de alguna manera las pistas.

No tenia fe en que llegaría un carro lo suficientemente vacío como para que todos viajáramos cómodamente, sin embargo, el día o la previsión hizo realidad el milagro.

El trayecto duró alrededor de 45 minutos. Pasar por la Lima englomerada es bastante dificultoso y a tientas, llega a dar cierto ensueño… Más adelante, hacia el sur, las carreteras son libres… y el carro corre como si volara. Me resultó increíble que llegar fuera lo más fácil.

Edificios para el dios Pachacámac

El primer testimonio de vital importancia que uno puede apreciar es el templo antiguo a Pachacámac. El lugar sagrado donde se guardaba el ídolo bicéfalo, creador del mundo y señor de los temblores.

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Templo del Sol. (Foto: Henry Alfaro)

¿Cómo sería este templo en su época de esplendor? Lo que nosotros vemos son los rezagos de lo que fue y todavía sentimos la misma impresión que debió causar a los peregrinos que venían tras sus augurios.

Y es reflejar nuestra vivencia del mundo moderno sobre aquel templo. Tan igual que ahora, tiene sectores marcados, tiene calles, tiene plazas. Lo único que ha desaparecido del todo, es su gente, el pueblo que le daba vida. Yo sólo soy ante ello, un espectador, un ser de otro tiempo. Los caminos son largos y arduos de andar… Para los que aquí vivieron acaso habría sido costumbre. El panorama recuerda que el Santuario perdura como si estuviera atrapado en el tiempo. Sobre los cerros aledaños, hay muchas casas… El concreto desafiante tal vez quisiera rivalizar con el viejo dios de la costa.

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Contraste entre la ciudad moderna y el antiguo santuario. (Foto: Orlando Valverde)

Ya no existen pirámides escalonadas, ni rampas en las iglesias. Los cerros ya no son sagrados. Son ideas obsoletas. El contraste entre el cerro y el templo es el mismo que enfrenta dos tiempos distintos, uno sucedáneo del otro.

Llegando a una cima, está lo que una vez fue el palacio de un gran cacique y su corte. Pudiera haber sido tan magnífico como las tantas casas que puedo ver en el horizonte, pero su realidad es la sombra de una destrucción y de la inclemencia del tiempo. Los ecos que quedan en el aire, reclamarán por siempre el poder del gobernante en esas tierras, que vivía en el alto como símbolo de su dignidad.

Abajo, a lo lejos se observan preciosos campos de cultivo. La tierra que vive, es la misma que vio la grandeza y el ocaso de Pachacámac. Se extiende hasta donde uno puede alcanzar la mirada… ése elemento era el más importante para este pueblo. Por ello su constante deseo de llegar a los dioses con monumentos altos, porque así ellos verían la tierra y otorgarían los beneficios en ella. El ciclo vital no se detendría jamás. A el tiempo que ha pasado, la huaca resguarda sus plegarias y los campos siguen produciendo.

No dirigimos hacia el Templo del Sol. Aunque el día ha estado frío, durante el ascenso las nubes empiezan a dar paso al antiguo dios de los incas. Es momento para una buena foto. Lo que capto es el camino que aún nos falta por recorrer.

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Camino hacia uno de los templos (Foto: Orlando Valverde)

 

Al pie del monte del Templo solar hay otro llamado “Templo Pintado”. Lentes y flashes capturan en imágenes lo que los ojos han visto. Sobre el Templo Pintado hay techos levantados con maderas, éstos protegen lo que queda de su milenario arte. Si la pintura era la fotografía de ese entonces, a esto la cámara tiene también algo de intrusa en su tiempo, como lo son esas maderas. No obstante, su misión es la de preservar aquella memoria.

  

La majestuosidad del Inti

Empezamos a subir al monte. Delante de nosotros, hileras de otros estudiantes bajan y suben del Templo del Sol. Recuerdan a los peregrinos del pasado. Ellos estudiaban los astros y el tiempo, nosotros estudiamos el testimonio que nos heredaron. Es agotador ir a cuestas, el oxígeno se hace más escaso, pero la iluminación aumenta. El Sol no ha abandonado su hogar.

Desde la cima hay un panorama completo de todo el santuario. Ha costado, pero la vista única lo recompensa. Desde la zona de ofrendas ya se puede observar el mar, los campos en todo su esplendor y la ciudad que se levanta en los alrededores. Cuando los incas impusieron al Sol, lo hicieron señor de todas las cosas, ahora comprendo porque su santuario es más imponente y se eleva sobre el campo.

A la distancia, la majestad de los apus que aún no han sido tragados por la urbe produce una sensación reflexiva sobre lo que somos como humanos ante esa naturaleza. Nuestra pequeñez, a pesar de que hemos logrado mucho. Como perdidos en esa inmensidad, es la propia búsqueda del destino en aquel lugar. ¿No se harían las mismas preguntas los viejos sacerdotes?

Reflejo
Explanada del templo del Sol. (Foto: Orlando Valverde)

Levantamos nuestras cámaras para conseguir que cubran todo el horizonte. Por más que quisiéramos, la misma naturaleza de nuestros ojos no lo puede copiar. Una foto no se comparará con la verdadera belleza que guarda este templo al mirarlo.

La caminata prosigue para adentrarnos más en el Templo. Su tamaño es mayor de lo que hubiera podido calcular al verlo solo en los libros. Al sus pies está el mar con dos islas presidiendo su paisaje. Son Cavillaca y su hijo, quienes se ahogaron en sus aguas como dice la leyenda. El lugar hace que la mente reviva ese hecho, las islas son testigos de esa tradición ancestral.

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Vista de las islas frente al Templo del Sol. La leyenda dice que son Cavillaca y su hijo. (Foto: Orlando Valverde)

  

Hay dos extranjeros sentados sobre la explanada mayor. De donde ellos vienen solo existen poderosos rascacielos. Supongo que han encontrado tranquilidad en el templo, tan solo contemplando un lugar libre de tantos monstruos de cemento. Su confort repite el que buscaron los antiguos peruanos en el mismo lugar y alimenta el eterno ciclo vital. Un santuario nunca deja sus funciones.

 La brisa del mar llega a nuestros rostros, las horas han transcurrido. Los viajeros, peregrinos de hoy, van y vienen. Este encuentro ha sido casi místico porque nos reencuentra con la fe perdurable de quienes nos precedieron. Aunque tengamos que regresar a nuestra realidad, no los olvidamos.

El que veamos estas cosas, no puede hacer que los adobes recuperen su color, ni que el sol y los vientos deshagan su erosión. La noche de los tiempos no retrocederá, pero el que conservemos su historia, su presencia, hará que su legado permanezca vivo en nuestros corazones.

GGGGHHH
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Agradecimientos: Henry Alfaro Photography

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