Santa Mónica: Tinieblas entre las rejas


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Nunca es un buen día para visitar el penal ex Santa Mónica. (Foto: Referencial / Andina)

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Es el único lugar de Chorrillos al que sólo se ingresa con invitación. Enclavado en medio del emporio comercial de la avenida Huaylas, se ha levantado como un edificio sombrío pintado de verde. Sobre sus sucias paredes quedan restos de graffitis hechos con aerosoles y hasta con lapiceros. Uno de ellos reza firmemente: penal de mujeres.

Podría ser una tarde cualquiera en este recinto penitenciario conocido alguna vez como “Santa Mónica”, pero tras sus muros corren noticias diariamente, hechos sencillos y sucesos escalofriantes. Las voces que concurren a la puerta de ingreso del penal, así lo delatan. A pesar de existir otros dos ingresos, sólo uno es el que permite el contacto entre presas y familiares, sometidas a una estricta observación.

Por ello, bajo la mirada del Cristo del pacífico, las familiares de las presas han concurrido en peregrinación al penal. Es un viernes muy frío y la gente se impacienta rápido.

Muchas no tienen tiempo para entrar a visitar a las mujeres que ahí purgan sus penas. Prefieren comprar alimentos en los alrededores y encargarlos a los policías para que sean entregados a sus destinatarias. Es un hecho real que, el comercio de víveres ha florecido mucho en esa zona gracias a la presencia del penal, que ha conseguido atraer a grandes centros comerciales.

Dejando los paquetes a la espera, las señoras van y vienen rápidamente con productos, pues están atentas a cada vez que se abre la estrecha puerta de acero que les permitirá entrar al penal.

¿Por qué no se apura el maestro?  Pregunta en voz alta una mujer de tez morena, mientras trata de escribir con plumón indeleble el nombre de su sobrina en las bolsas de alimentos: Thaís Isaí. Parece que ahí todo el mundo se conoce en ese pequeño umbral, se saludan, se conversan y se cuidan los paquetes entre ellas.

Tomasa, la que escribe con el plumón, se ha cansado de esperar y toca el timbre. Una pequeña ventanilla se abre y aparece un rostro fornido de un hombre.

– José ¿Por qué no nos dejan entrar?

En los seis meses que lleva la mujer viniendo al penal, ya es conocida por los guardias. Es tan familiar con ellos como con su propia sobrina, a la que apenas ve porque los horarios de visita son muy reducidos. Se mantiene en comunicación con ella mediante cartas y fotografías.

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Familiares de las mujeres encarceladas, esperando por ingresar. (Foto: Captura Youtube)

El guardián trata de evadir la pregunta y solo atina a decir que hay mucha gente por salir todavía. La seguridad se ha intensificado porque Isabela, una burrier española será liberada ese día. Su condena ha terminado.

Al poco rato, salen algunas personas. Tomasa apura sus paquetes y en silencio, agradece entrar por fin. Tiene que presentar su DNI, porque ya antes José ha botado a gritones a dos muchachos que querían dejar paquetes sin DNI.

Hoy día no dejarán entrar ni papayas ni granadillas. Podrán ser frutas muy inofensivas, pero pareciera que por esa causa en una papaya se escabulló un cuchillo de cocina, con el cual se dieron pelea dos reclusas del pabellón “D”, uno de los más peligrosos del penal. Una vez afuera, Tomasa cuenta que una de ellas, presa por tráfico de drogas, ha salido herida.

Ése es el verdadero motivo que tiene locos a los guardias. Además que José es nuevo como portero del penal, hace revisiones más estrictas a las cuales, ni siquiera Tomasa puede ser exenta.

Como ella, llevo largo rato insistiendo en ingresar al penal para ser recibido por una de las asistentes sociales, de nombre Mirtha, pero el guarda insiste en que ella se encuentra en una reunión de urgencia y solo me pide esperar.

Del montón de bolsas que Tomasa ha logrado dejar, casi la mitad ha vuelto con ella. Dice que ha dejado un termo para su sobrina lo cual ha sido autorizado por la directora del recinto penitenciario.

Las dos horas pasan rápido. El día de visita en Santa Mónica ha concluido. Tomasa, tras algunos intentos más, desiste de hacer entrar las frutas prohibidas. Para otro día será, pues el miércoles aguarda. Se va lentamente con los paquetes al hombro en busca de un taxi.

A los pocos minutos, José abre la rejilla y llama “¿La señora de chompa azul y lentes? ¿Dónde está? Avísenle que vuelva por su termo porque la directora ha escrito ‘jarra’ en el oficio”.

Ni modo. Tomasa ya ha partido en el taxi. Aprovecho el momento para reclamar mi pedido, pero nada. La señora Mirtha sigue en reunión y no podré volver hasta el miércoles, si es que ese día me permiten el ingreso.

Ni mi DNI, ni la previa conversa con la asistenta me permiten pasar a través de la puerta. No es un buen día. Nunca es un buen día para entrar en Santa Mónica.

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Vendedoras ambulantes aguardan en la fila de espera de visitantes (Foto: Chloé Constant)

 


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