Vivir en este país


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¿Cómo es vivir en este país?

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Es muy cansino que siempre lo pregunten. Eso dicen otros, porque a mí nunca me lo han preguntado. Sin embargo, voy a fingir que la interrogante surgió de un anónimo y la contestaré como si mi versión fuese importante, y no una más en el mar desdibujado en el que se convirtió la sociedad venezolana.

Hoy estuve en casa de una amiga, escribiendo ideas para un proyecto de Fotografía I. Almorcé con ella y salí a mitad de la tarde porque su casa queda cerca de la Universidad Humboldt, que es lo más solitario que puede haber en un kilómetro a la redonda, un sábado después de la una.

Tuve que tomar un bus, porque las cinco cuadras siguientes se veían tan vacías que era preferible pagar cien bolívares en pasaje que arriesgarme a llegar al metro sin teléfono ni billetera. Todos los días sucede, en cualquier lado, a cualquier hora: en el subterráneo, en los buses a Guarenas (en cualquier bus), en las escaleras mecánicas de los centros comerciales, en las aulas y pasillos medio desiertos de las universidades públicas, en las panaderías y las aceras. Roban a uno solo o en masa. Con testigos o sin ellos. En Caracas eso no es noticia.

Llegué al metro entera, con prisa. Es como te mueves aquí. No queda tiempo para hacerlo de otro modo, porque la marejada de gente te lleva por el medio si no llevas el despabilamiento en los genes.

Un bulto estaba tirado en el suelo, cerca de la caseta de los boletos, y me tomó medio minuto entender que era un hombre. El cabello enmarañado y la ropa mal puesta. Se encontraba acostado de lado y en los bolsillos traseros del jean gastado una mancha marrón se extendía por la tela, hasta los muslos. Uno de los operadores de la caseta intentaba levantarlo.

Había público, unas diez personas aparte de una adolescente con el cabello tintado de negro y un octogenario con una revista en la mano. Poca atención le prestaron al asunto. Quiero decir, la gente miraba, todos observábamos. Nadie hizo nada.

Así vemos al país. Con la misma resignación y la pena ajena con la que pensamos en los demás. Casos aislados, decimos. Es que necesitamos un cambio de gobierno, decimos. Es que hay una crisis de valores, decimos. Y seguimos diciendo, porque de un tiempo para acá es naturalísimo creer que las palabras son el remedio santo para salir de los baches.

Seguimos en el bache.

¿Cómo es vivir en este país?

Hacemos colas de mil quinientas personas para comprar un solo producto básico, los fines de semana las morgues se llenan como antes los restaurantes de comida rápida, no podemos salir con nada llamativo porque la delincuencia es una plaga que nos consume y no conseguimos medicinas.

De mi casa a la universidad donde estudio hay una hora de camino. Tengo que tomar el metro y el promedio entre cada estación es de unos minutos. En cada una de ellas, no importa el momento del día, se sube alguien al vagón y, con el desparpajo que sólo otorga la costumbre, mendiga o vende dulces baratos. Algunos se hacen llamar “metro-bodegas”  y el resto pide dinero para pagar gastos médicos u operaciones, que muchas veces no son otra cosa que historias falsas.

Este no es un país normal. Aquí lo más inverosímil se traga con habitualidad. Es como masticar una piedra y luego tomarse un vasito de agua.

Es  precioso, ciertamente. Venezuela es bella. Con sus montañas merideñas, el Salto Ángel, la Virgen de la Paz y los llanos de los sueños de Rómulo Gallegos. Las mujeres son hermosas, morenas y rubias llamativas, con los ojos expresivos y la personalidad chispeante. Tenemos un humor pesadísimo que nos ayuda a levantarnos día a día, nos burlamos hasta de nosotros mismos. Pero eso no significa que no estemos mal.

“El Observatorio Venezolano de Violencia ubicó la tasa de homicidios en 91,8 por cada 100.000 habitantes, lo que ubica al país como “el segundo más violento del mundo”, antecedido por El Salvador, reseñó su director Roberto Briceño León.”

La cita proviene de un artículo que publicó uno de nuestros medios, Globovisión, el veintinueve de diciembre del año pasado. Vivir en este país es leer algo que hemos asumido con mansedumbre, tomándonos un café a las siete de la mañana. Es un poco triste, la verdad.

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Los venezolanos estamos orgullosos, de nosotros mismos. Y nos molesta, nos volvemos nacionalistas cuando cualquier otro se arroga el derecho a criticar lo que nosotros sabemos que es un caos. Nos enorgullece nuestra fuerza, nuestra habilidad para darle la vuelta a todo. Pero eso no nos va a devolver el país que hemos perdido.

Estar aquí es una contradicción en toda la norma. Es amar y odiar con pasión. Abandonarse a nostalgias y melancolías. Es creer que se puede ser feliz con las manos atadas.

¿Cómo es vivir en este país? Es reírse de la ironía, despotricar de la apatía con cinismo. Es sentirse abrazado por la languidez que da paso al descorazonamiento, y aferrarse a la esperanza para poder dormir tranquilos.

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