Crónicas de al lado: los buenos tiempos


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Finalmente nada salió como lo planeó, pero eso no es lo importante. Tiene, al menos, recuerdos con los que quedarse y la certeza de haberse comido una mandarina en medio de una autopista cuyo nombre se pierde en la bruma de las memorias.

La de los rulos entró en la universidad en el 2015. Malhablada, sarcástica y estudiante de periodismo por convicción propia, tiene un hoyuelo en la mejilla. Comenzamos a hablar por teléfono hace unos días, suena como una treintañera pero en realidad no pisa los veintiuno.

La escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela es un armatoste que conoció tiempos mejores hace cincuenta años, de las glorias pasadas sólo quedan los fantasmas de sus graduados destacados y el movimiento descoordinado y apresurado de decenas de adultos jóvenes, curiosa palabra para gente entre los veinte y veinticinco, que entran y salen a cualquier hora del día, inmunes al calor y al ir y venir de las pelotas de tenis de las canchas del frente.

En el 2015 Darlyn se sentó a contemplar los jardines desde el segundo piso, apoyó la espalda contra la pared y disfrutó del día soleado de un primer semestre que comenzaba. Para entonces sabía que amaba escribir y que tenía un estilo propio para maldecir mejor que todos sus compañeros juntos. Sin embargo, todavía conserva un no sé qué que tiene que ver con los rulos y la risa que la hacen reconocible a kilómetros a la redonda. Es toda juvenil y medio excéntrica.

—El mejor consejo que yo podría darte, darle a los jóvenes en general, es que vivan y que sean —lo dijo en voz baja hace unos días, por una nota de voz de whatsapp que hizo que el silencio que siguió después se mantuviese por unos minutos.


Leila Guerriero escribió un artículo hace unos años en SOHO, argumentado sobre premisas increíbles y claras, como si hubiese dicho lo que a alguien le duele escuchar. Diatriba  contra la juventud no pasa de dos cuartillas espectaculares pero del hilo de párrafos una frase resalta hasta quedar grabada en la memoria con algo parecido a tinta china.

¿Qué puede tener de bueno un tiempo semejante?

La subjetividad es muy discutida en las carreras humanísticas. Se habla de cuadros valorativos y perspectivas. Desde la subjetividad de aquellos que no pisan ni de cerca los treinta y seis (¿Cuándo se deja de ser joven?) ponerse leggins y meter la pata no es una putada, al menos no una mala.

Andan diseminados, por ahí van los Millennials y los Z, todos pendientes de los Grammy´s y el Oscar e ignorando deliberadamente la política y reemplazándola por temas que adquieren más relevancia. El quien soy, quién es ese, ¿y mis derechos qué? se llevan los primeros lugares.

Ahora ser joven está de moda. Y quizás Guerriero tenga razón con la larga lista de desencantos de la juventud. Son dependientes, inestables y exagerados.

¿Qué tiene de bueno ser joven?

Según el CINU (Centro de Información de las Naciones Unidas) el porcentaje de jóvenes en un mundo donde conviven aproximadamente 7.125 miles de millones de personas es del 18.0%, algo así como unos 1.019 mil millones de cerebros distintos entre sí.

En este 18.0% está puesto la esperanza de un mundo que se hunde en un pozo cavado por los padres y abuelos. Y tatarabuelos. Quién sabe. El hecho es que los jóvenes no sólo cargan con la responsabilidad de salvar al planeta, sino de sobrevivir a sus propios problemas. Y entonces empieza una etapa reflexiva imposible de comprender, hasta que uno pregunta por las bondades de encontrarse entre los 15 y los 25 y siempre se anotan las mismas respuestas.

Rebeldía, tiempo, emociones.

¿Qué es ser joven?


En diciembre del 2014 la crisis no ahogaba tanto a la mitad de la población. La gente creía que lo peor ya estaba pasando y que las estadísticas eran pesimistas. La navidad se intentaba llevar lo mejor posible y aún había hombres gordos vestidos de Papa Noel en los centros comerciales.

A principios de mes, Darlyn decidió que tenía que viajar a Maracaibo.

Ahora le cuesta hablar de la justificación, pero hace tres años el puente resultaba atractivo y la aventura se escurría entre sus insomnios, como si algo la llamase a pisar un suelo que sólo había mirado en libros de geografía. Zulia es un estado de Venezuela que se encuentra a unos 708 kilómetros de la capital; Maracaibo es, probablemente, su ciudad más famosa, llena de gente que habla altísimo y de un calor capaz de sofocar a cualquier extranjero en menos de ochenta segundos. El Puente General Rafael Urdaneta se extiende sobre el lago de Maracaibo y conecta a San Francisco con el resto del país, se asemeja a un gigante de huesos fuertes que forma parte de la cultura del zuliano; fue construido en 1957, cuando terminaba el último período de Pérez Jiménez.

El viaje se organizó entre tres, todas jóvenes y compartiendo la misma incertidumbre insólita respecto a sus motivos para semejante empresa. La mamá de Darlyn hubiese puesto trabas, negada a la sola posibilidad de que su hija abordase un autobús directo al oriente del país. Claro, si se hubiese enterado. Para ella Darlyn pasaría el fin de semana a salvo, en casa de una amiga suya.

Ese viernes inició de forma extraña. El cielo, el aire y la paranoia que avisa que la fina línea de la locura está a punto de traspasarse se trasformaron lentamente, deformándose hasta hacerle creer a la de los rulos que en realidad no estaba sucediendo nada. Cuando cerró la puerta después de salir, miró por la ventana y, por primera vez en meses, su madre la observó fijamente, como si jamás hubiese notado que la chica tenía pecas en las mejillas. Ambas se contemplaron por un momento, en una despedida silenciosa.

Aquello le trabó un nudo en la garganta, pero se recompuso para decir adiós con  la mano y alejarse de la puerta y de los ojos curiosos que no se despegaron de su figura hasta que desapareció de la calle, inusualmente silenciosa. Los minutos más largos de su vida los gastó esperando a una de las aventureras, Catalina, porque debían comprar algo que comer durante el viaje. Más tarde, en la panadería, un hombre moreno hablaba animadamente con el portugués detrás del mostrador, que metía de forma desganada el pedido en una bolsa de papel.

—Supongo que tienes razón… vaya idea.

—Ya te lo dije —contestó el portugués—.No es un buen día para viajar.

Las dos adolescentes dieron un respingo y luego se miraron con aprehensión. Ninguna era tan supersticiosa como para dar vuelta atrás, a la seguridad de sus hogares, así que dejaron un par de billetes en las manos del dependiente y salieron con el sonido de la caja registradora persiguiéndolas.


—¿Sabes cuál es mi más grande sueño? —En el 2017, Darlyn sigue teniendo su hoyuelo y los rulos, una mata de cabello del color del cobre— Quiero sentirme plenamente feliz, de nuevo. Otra vez a gusto con la vida.

—¿No tienes miedo?

—Lo que creo es…—titubea en la bocina del teléfono—. Que gracias al miedo es que hago lo que hago. No sé si has oído de ese miedo que se trasforma en adrenalina y te sirve como impulso, y al final de eso se trata la vida. Cohibirse por temor deja la duda. Yo creo que es mejor hacerlo con miedo que vivir con la duda.


El terminal se encontraba atestado y hacía frío. Darlyn se atusó el cabello y miró a la tercera del grupo, Beatriz. Estaban dilucidando qué demonios terminarían por hacer.

—Nos vamos —dijo la última, miró a las demás con un rictus severo que no combinaba con su determinación de comprar los boletos del bus. Una sensación fría se extendió por la espalda de Darlyn, se mezcló con adrenalina y la intuición.

—Después de este viaje —Miró a sus espaldas—, escribiré una entrada en el blog. Se va a llamar Viajar sin viajar.

Las otras dos la observaron por unos segundos, hasta que el reloj de la caseta de los tickets sonó como un cucú insistente.

Subieron al autobús dos horas después, y la noche comenzó a cerrarse.


Habría que preguntar a los jóvenes que se siente serlo. No a los adultos. Cuando se está lejos de un lugar, es fácil recordarlo y asumir que lo que rememoramos es una fiel imagen, aunque al final esta se haya amoldado a una perspectiva remota.

Ser joven es equivocarse

Quizás es un consuelo vano, terrible e insensato, pero aún, y la ironía se convierte en un gajo de algo parecido al cinismo, existen adultos que no saben equivocarse. Son mujeres y hombres de negocios, con hijos, desafortunados o suertudos, con carreras u oficios y con algún sueño roto o dos. Caminan por la vida como si el cristal debajo de sus pies se agrietara a cada paso que dan, le temen al error y huyen de la corrección. Creen que meter la pata los condenará al infierno y omiten sus propios vicios y costuras.

Los jóvenes se desbordan, miran, viven a través de otros y a veces lo hacen por sí mismos.

La decencia les abre camino para que sus historias muten en episodios violentos, profundos o increíbles. Capítulos vividos que luego esconden bajo los pliegues de la madurez más inmediata. Le dan la vuelta a lo que es permitido, juegan alrededor de los estigmas y luchan porque los demás comprendan que la vida es un poco más que un recto camino lleno de normas y reglas objetivadas.

—Ser joven es tener la capacidad, la habilidad y las ganas de asumir riesgos. No importa que tan grandes o pequeños sean.


Darlyn Rojas es fan acérrima de Demi Lovato. No se maquilla y anda siempre cómoda, con zapatos deportivos y una risa en el semblante. Le costó entrar en la universidad.

No fue seleccionada en el proceso de la Oficina de Planificación del Sector Universitario (Opsu) y no presentó la prueba de ingreso, pero estaba segura que lo que quería estaba en la Escuela de Comunicación, así que se inscribió en el programa Samuel Robinson, un propedéutico de un año que sirve de ayuda para ingresar en la Universidad Central.

El programa de los samuelitos, como se llaman a sí mismos con cariño, consta de expertos psicólogos y profesores especializados para guiar a los adolescentes a dilucidar qué demonios planean hacer con los años que les quedan de vida. El primer diagnóstico de todos fue que Darlyn debía olvidar la Comunicación, el periodismo y lo que se relacionara con lenguaje y redacción.

Una de las profesoras le comentó en una ocasión, con un el tono que inspira la más absoluta experiencia, que realmente no servía para estudiar lo que ella deseaba. Inmune a los resultados que arrojaron sus primeros exámenes, la de los rulos dejó de dormir pronto, ensimismada en libros y autores, en hojas llenas de tinta y tazas de café interminables. Abrió un blog en internet, Una tal Darlyn, y siguió siendo ella misma, pero con la determinación de entrar, porque aún tenía la firme convicción de que la voluntad y el esfuerzo nunca sustituirán al talento, pero sirven de trampolín para los grandes logros.

Conoció a Alex en la etapa del Robinson, una veinteañera bajita y rechoncha, malhumorada y maternal, que se convirtió, en poco tiempo, en su inseparable mejor amiga. Antes de que terminara el 2015, Darlyn Rojas no solo había logrado entrar en la Escuela de Comunicación Social de la UCV sino que lo había hecho con notas brillantes y dejando una hilera de bocas entreabiertas.

—Creo que lo más duro de ser joven es aprender a tomar decisiones —Antes de colgar, Darlyn se ríe bajito. —Si nos dejamos llevar por paradigmas, perdemos el tiempo. Nos convertimos en las mismas personas que nos dicen que es lo no se puede hacer.


El autobús paró bruscamente cuando la oscuridad comenzaba a mutar en una hilera de franjas de colores pasteles. Darlyn abrió los ojos, desorientada y con la espalda encajada en el asiento 22. Miró a su alrededor y oyó, a través de la bruma del sueño, las quejas de los 37 pasajeros maracuchos que exigían una explicación a voz de grito.

Hasta entonces no había notado que ella y sus dos acompañantes eran las únicas capitalinas en el transporte. Se levantó con dificultad y pensó en que las cosas comenzaban a pintarse bastante extrañas. Sacudió a Catalina, que roncaba suavemente a su lado.

—Creo que nos accidentamos —murmuró esta, sin moverse siquiera.

Darlyn se asomó a una de las ventanillas.

—Pero estamos a mitad de la nada.

Catalina se limitó a darse la vuelta.

El conductor del autobús puso los pies en el asfalto, con aires de mecánico y, junto con el copiloto, se dedicaron, por dos horas, en hacer funcionar el motor, que sonaba con un traqueteo que hizo eco en los oídos de Darlyn, incluso cuando volvieron a ponerse en marcha.

La segunda vez que se detuvieron, en algún lugar de Valencia, los maracuchos se bajaron del bus y, entre discusiones atropelladas y acentos desatados, se dieron cuenta que faltaban al menos siete horas para llegar a Maracaibo.

La voz de Beatriz se coló en el saco de gritos y de pronto todos se quedaron callados. Un maracucho, con la cara curtida por el sol y los ojos brillantes y amables se acercó a ella. Catalina y Darlyn se mordieron la lengua y rieron para sus adentros.

—¿Ustedes no son del Zulia? —Sonrió escéptico, mirando a las tres muchachitas con el rostro somnoliento—.¿Cierto? No hablan igual a nosotros.

En cuestión de minutos, los maracuchos olvidaron el autobús varado y se concentraron en hablarles del puente, del rayo, de la comida y en recomendarles posadas. Les ofrecieron mandarinas, porque llevaban mediodía sin comer, y se sentaron en un lado de la carretera, a hablar de sus familias, sus recuerdos y alguna que otra aventura olvidada en Caracas. Todos ignoraron el sol y las caras culpable del conductor y su copiloto que lograron arreglar el motor nuevamente.

El bus iba tan lento que muchos comenzaron a bajarse a mitad del camino a pedir un aventón. Ya pisaban el domingo, y nadie sabía dónde estaban. No habían visto una estación de servicio a kilómetros y no tenían comida ni agua. Darlyn empezó a preguntarse quién sería el primero en darse cuenta de su ausencia, el lunes por la mañana.

El conductor sudaba, y estaba enojado. Los 25 pasajeros restantes suspiraron cuando estacionó en una gasolinera.

—Llegamos a Barquisimeto, señores —anunció el copiloto sin mucho convencimiento.

Pero en realidad se encontraban en Yaracuy, a 108 kilómetros de Barquisimeto y a 447 de Zulia. Aún les quedaban 5 horas de camino.

Irritadas, y con hambre. Preguntaron direcciones a un mesero de un restaurant de comida criolla en el que resonaban las vigas.

—Nos devolvemos a Caracas —Darlyn no miró a Beatriz mientras escuchaban las indicaciones del hombre rubio y desgarbado.

—El terminal más cercano está en esa dirección —Apuntó al sur, hacia la escasa luz que aún se colaba por las ventanas—.Atraviesen el pueblo, y pregunten. ¿Van a consumir algo?

Las tres salieron del restaurant y la gasolinera, ignorando las disculpas del conductor y su promesa de mandar a buscar un autobús sin averías. La noche se alzó cuarenta y cinco minutos después, el frío arreció y les dolía la cabeza. Terminaron encontrando un pueblito lleno de polvo, de ancianos sentados en los porches y del olor de cerveza de un par de bares locales. Después de preguntar un par de veces, y terminar perdidas tres más, el terminal se alzó frente a sus ojos; estaba escondido detrás de una humareda característica del cigarrillo y de edificios de madera tan antiguos como frágiles.

No había punto de venta, así que tuvieron que buscar un cajero automático para comprar los boletos. Las tres se derrumbaron en la acera, exhaustas, la mañana del domingo.


—Llegamos a Caracas a tiempo, y Alex me estaba esperando. —Darlyn se ríe mientras se echa un rulo hacia atrás—Tomamos un bus que nos dejó en Maracay y luego otro que iba para Caracas, me acuerdo que nunca dejé de tener miedo, sabía que estaba cometiendo una estupidez, yo sabía que algo iba a pasar cuando pisé ese autobús. Si hubiésemos llegado a Maracaibo, me decía Catalina, habría valido la pena, pero yo creo que igual lo valió.

Ser joven es meter la pata, saber que hay límites, que hay un mundo duro afuera, pero que es posible escapar de la rutina y salir vivo de eso.

—¿Te imaginas llegar a viejo sin anécdotas? No consigo imaginar a alguien que no haga algo sólo porque sí. A veces las razones sobran.


Ser joven es tenerlo todo en contra. Automáticamente se es dependiente de algo y exagerado como protagonista de telenovela, pero también se adquiere el derecho a trazar, a ser un genio o un perdedor, un rebelde o un moralista. Es difícil, la gente suele comentar que las cosas se entienden cuando uno crece, pero en ocasiones ocurre que se entienden más en medio de la euforia que significa no estar preparado. Todos deberían tener, al menos una vez en la vida, una historia de la cual reírse. Todos deberían atreverse sin esperar, sin mirar el tiempo.

¿Qué tiene de bueno un tiempo semejante?

Vivir con temor, con expectativas, con el fracaso siguiéndote los pasos. Es la juventud parecida a una cuerda tambaleante. Lo bueno, lo perfectamente imperfecto, es que cada quien elige de donde va a sujetarse y como lo hará.

Algún día, esta se quedará quieta como un alambre, y entonces extrañaremos la sensación de ansiedad y de peligro. Y entenderemos que el vacío bajo nuestros pies nunca fue tan malo. Que sabemos dónde y cómo sujetarnos, porque de tantas raspaduras en la planta de las manos, finalmente aprendimos a mirar hacia atrás sin avergonzarnos, a los viajes que hicimos y a los vestigios de una vieja rebeldía que deja mella en las almas que realmente se niegan a envejecer.

—Es mi consejo, vivan y sean.

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