El Obrero y el Tren: Crónica de un extrabajador desesperado


Crónica de un hombre desesperado en medio de la galopante recesión económica. (Foto: Pixabay)
Publicado en facebook, por Michael Ayala

Un salto, sería rápido.

Bastaba esperar que el tren pasara y lo matara al instante, era la mejor forma. Podría decirse que fue un accidente, su esposa cobraría el seguro de sepelio y una pensión perpetua que beneficiaría a sus hijos. El despido por reducción de personal todavía estaría en trámite durante tres días, era ese el mejor momento. El irrisorio monto recibido al final de la jornada no alcanzaría para pagar los tres meses de alquiler adeudados, “El próximo mes señora, sin insultar por favor, se lo prometo“; la operación de su menor hijo: “Sí doctor, ni bien tengamos el dinero, he subido a los carros y haremos una pollada, sabemos que urge pero no tenemos“; y el tratamiento de su madre: “Tranquilo hijito, por mí no te preocupes, de algo hay que morirse, pero nada de enterrarme en el Baquíjano, ponme lo más lejos posible de tu padre que ya bastante golpe tuve, jaja“.

“Un salto, un salto y sería todo”, pensó. Su esposa lloraría un poco pero podría volver a casarse, ahora con un hombre de dinero; “ahora sí sería feliz”, pensó. Su suegra sería más que dichosa y no se cansaría de decirle: “Te lo dije. Te dije que no te casaras con un muerto de hambre, obrero de mierda. Mírate, ahora estás mejor”. Sus hijos aún estaban pequeños, lo superarían, “mi papá tuvo un accidente, era un gran trabajador, lo queríamos mucho”. Era mejor dar ese salto que decepcionar a su esposa y sufrir el hambre de su familia. Ella, siempre optimista, lo lograremos amor, un préstamo y después devolvemos, no te preocupes en el mercado me fían, tranquilo amor, sonríe un poco. Ella, siempre enamorada a pesar de la miseria, inventando juegos y alegrías en los pequeños, haciendo sonreír a la noche de brisa y chompas desgastadas, jugando con lo infausto en platito de salchipapa para cuatro, una rebajita señora y una Kola real en bolsita después de corretear con los pequeños en el parque de la Municipalidad, luego a bañarse enanos.

No, no podía decirle que lo habían despedido otra vez, ¡No me despida jefe, no quería llevar malas noticias de nuevo, por favor, yo le chambeo parejo! Mejor era dar el salto, el tren se acercaba, se solucionarían muchas cosas, sonaba el silbato, sus hijos no tendrían ya hambre, las llantas de acero, una decisión simple, el ruido de la locomotora, debía ser rápido, la gente se alejaba, había que dar el salto, las luces del tren inundaban la noche. Era el momento….¡Ahora!

Dos brazos pequeños rodearon la cintura del obrero, otros dos su pecho. Segundos después, sentía un abrazo inmenso, redentor, eterno. En silencio, los cuatro miraron al tren extenderse oscuro, estoico, ajeno a cualquier sentimiento en su rutinario recorrido por Carmen de la Legua.

Enjugadas ya las lágrimas, dióle un beso a su esposa, tomó de la mano a sus hijos y, sonriendo una vez más, volvieron a casa.

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